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JULIÁN CUELLO

 

Era un día clásico hawaiano con un mar desordenado del noroeste, de unos 15 a 18 pies. Tal como miden allí, estaba grande (siempre me liaba con esas medidas americanas y además no sé qué pasa allí que los locales ven las olas mucho más pequeñas de lo que son). Era el día de la final del circuito mundial de bodyboard y las series marcaban desde el tercer reef. Lo que empezó como un día de pesadilla con un mar desordenado se convirtió en un día de los buenos debido a lo que tardaban las series y por el ligero viento en contra (no puedo entender cómo un mar tan violento se pudo ordenar tanto en tan poco tiempo). Habría ya unas ochenta personas en el agua cuando entré con mi 7´2, una tabla pequeña como para intentarlo en el tercer reef así que me quedé en Backdoor donde estaba Parko y un par de pibes brasileños. Vi un tubazo impresionante de Parko que me motivó mucho. Cogí la primera, bajadón, tubazo y serión muy grande con escapada por los pelos. Me volví a colocar una vez que pasaron esas pirámides enormes de agua y me cuadró otro tubazo por el cual me felicitó Velilla, un surfista portoriqueño que siempre me daba muy buenos consejos. Pasó una hora y la gente estaba más relajada olvidándose de las series que reventaban en el último reef de Pipe. Sin pensarlo mucho remé con todo para colocarme, fue de esas remadas que notas los talones en el culo y la barbilla clavada en mi 7´2. Miraba hacia atrás y me perseguían veinte, miraba hacia delante y sólo veía brazos y pies entrando y saliendo del agua, no sabía qué hacer más que seguir a la multitud como un borrego. De repente desapareció toda la gente y vi una montaña de agua ahuecando mucho y rompiendo a unos 5 metros…nunca me habían zarandeado así, pero para mi sorpresa la ola no me mantuvo demasiado tiempo debajo (estaba muy adentro, en el segundo reef) pero me dejó a merced de otra inmensa masa de agua que me comió. Cuando conseguí asomar, casi azul, noté cómo se estiraba la amarradera hasta casi el doble de su longitud hasta que se rompió. En plena desesperación la siguiente ola me sacudió aún más, traté de relajarme pero perdí mucha energía, pensé que era el fin…Asomé la cabeza, cogí aire y recibí la cuarta embestida que me dejó al borde de la anoxia, ya no sentía miedo, no tenía fuerzas y me dejaba menear como un pelele. Pero el océano me perdonó la vida, abrí los ojos y vi a un chico que me hacía señas desde una moto de agua. Fue mi salvación. Cuando pisé la arena parecía un potrillo recién nacido.
Al día siguiente había una patrullera, helicópteros, policía, guardacostas…El coche de Velilla seguía aparcado en el mismo sitio que lo había dejado el día anterior…
Nunca se me olvidarán las palabras que me dedicó cuando me felicitó por uno de mis tubos.
Dedicado a un hermano del mar, David Infante El Fulla que siempre estará en mi corazón.

 



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