
-¡No eres bienvenido en mi país!- me dijo el poli de la aduana en el aeropuerto de Johanesburgo, Sudáfrica.
Es una frase que nunca olvidaré. Supuestamente llevaba conmigo un pasaporte en mal estado, ya que el escudo del documento estaba medio borrado por todo el uso que le doy. No se si algún futbolista que se esté preparando para el próximo mundial leerá esto, pero que tenga claro que si le falta algo como una rayita de la letra ¨ñ¨ en su pasaporte, va a recibir el castigo que nunca sufrió por todos los partidos perdidos.
Me metieron en una celda donde no sabía cuanto tiempo iba estar dentro, lo único que supe era que un saharaui llevaba 4 días allí. El pobre estaba desesperado, me dijo que los papeles que le vendieron, después de 5 años de ahorro, eran falsos y que estaba esperando para su vuelo de vuelta a ¨casa¨ donde la razón principal de su expedición era salir de allí para siempre. Nos hicimos tan amigos allí dentro, que hasta me animó a escaparme de la cárcel por un techo falso que descubrió en la habitación. Yo nunca pasé tanto miedo como en aquel momento, me imaginaba a mi mismo en aquella habitación con un tiro en la cabeza. A mi amigo le convencí para que no cometiera ese error ya que si los guardas se enteraban que el saharaui no seguía allí dentro y yo no decía nada estaría jodido.
La celda tenía su encanto: 2 habitaciones en las que había 10 colchones encima de comida, orina y otros excrementos y un baño mixto sin retrete donde un agujero era todo lo que había también con más orina y más excrementos. ¡Vamos que el metro cuadrado estaba por encima de los pisos de primera línea en Zarautz!
Después de 15 horas en aquella pesadilla me metieron en el siguiente vuelo hacia casa esposado. Después viajé a Madrid a por un nuevo pasaporte y tras 5 días agonizantes llegué al campeonato de Durban 2 horas antes de mi manga, donde pasé unas rondas que fueron claves para mantener mi seeding para el resto del año en el que me clasifiqué.